Cetáceos en acuarios, ¿un problema ético o una vía para la conservación?

Los dilemas sobre el bienestar que plantea el cautiverio están en el centro del debate, en el contexto de la nueva legislación de protección de los derechos de los animales. En este caso, expertos en fauna y gestores de zoos hablan sobre el respeto a la dignidad de los mamíferos marinos y sobre la sensibilización de la población en esos centros

Cetáceos en acuarios, ¿un problema ético o una vía para la conservación?
La nueva Ley de protección de los derechos y el bienestar de los animales reabre el debate sobre el futuro de los zoológicos y acuarios. / Fotos: Oceanogràfic / Marc Doménech

Tiempo de lectura estimado: 16 minutos


Fuente: SINC
Derechos: Creative Commons

“No es cierto que la vida de los animales en libertad esté siempre bien y la de los que están en acuarios esté invariablemente mal”, advierte Xavier Manteca, catedrático del departamento de Ciencia Animal de la Universidad de Barcelona y especializado en bienestar animal.

Hablamos, en particular, de los mamíferos acuáticos, por un instante en el centro de la escena, a propósito de la reciente promulgación de la Ley de protección de los derechos y el bienestar de los animales.

Esta nueva normativa permite la continuidad de los cetáceos en aquellos acuarios que tengan como propósito la conservación, la investigación y la divulgación, aunque los mantengan en su programación lúdica y animando espectáculos con asistencia de público, “bajo supervisión de sus cuidadores” (capítulo 32).

También dispone, para aquellos cetáceos que, “en el momento de entrada en vigor de la Ley, sean objeto de tenencia en cautividad fuera de los centros de conservación”, que puedan permanecer donde están, “siempre que no sean reintroducibles en el medio natural”, entre otras condiciones encaminadas a su protección, según se lee en la ‘disposición transitoria’.

Si se genera conocimiento, se contribuye a preservar la biodiversidad, también en las instalaciones zoológicas o los centros de interpretación. Así lo entienden algunos de los expertos directamente implicados, tanto en tareas de investigación como en la gestión de zoos, entre los que participaron, hace algunas semanas, en el 50º Simposio Anual de la Asociación Europea de Mamíferos Acuáticos (EAAM, por sus siglas en inglés), que se desarrolló en el Oceanogràfic de Valencia, entre el 7 y el 10 de marzo.

Allí pudo consultarles SINC sobre el asunto de los animales como sujetos de derechos, a los que hay que garantizar "la protección de su dignidad", según los postulados de la normativa.

Nadie puede negar actualmente que los mamíferos marinos se enfrentan a amenazas de diversos tipos, y en todo el planeta. Hoy, el calentamiento global inexorable y creciente se suma a peligros anteriores como la contaminación acústica y química, la captura accidental, el agotamiento de presas y, más recientemente, la gripe aviar, que está golpeando a poblaciones de lobos marinos que viven en las costas de Sudamérica.

“La vida de los que viven libres no está desprovista de sufrimiento en absoluto, algo que en parte causamos directa o indirectamente los humanos”, argumenta Manteca.

Para evaluar el bienestar de un animal, sugiere, “lo primero que hay que conocer es su biología, así como sus necesidades específicas de alimentación, de comportamiento, etcétera, y, una vez que sabemos eso, entonces podemos ver si los cuidados y el entorno que les proporcionamos satisfacen o no esas necesidades”.

Por su parte, Alejandro Grajal, presidente del Woodland Park Zoo en Seattle (EEUU), coincide en que “el problema no es solo el bienestar de unos cuantos animales en zoológicos y acuarios, sino que todos los peces, aves y mamíferos del mundo están sufriendo por la avalancha de polución, cambio climático y destrucción a raíz de las actividades humanas”.

Por lo tanto, en su opinión, “la función de los zoológicos y acuarios modernos tiene que ser salvar a todas las especies” y mantenerlas “en las mejores condiciones posibles”. Además, el reto debe ser “crear una revolución social sobre la conservación y el medio ambiente”, alienta. “Esa es la única razón ética por la que debemos existir”, en sus palabras.

El director de operaciones zoológicas del Oceanogràfic y director científico de la Fundación Oceanogràfic, Daniel García, remarca que suele confundirse lo que es el derecho con el bienestar animal. A su juicio, “el bienestar animal apunta a cómo se encuentra ese animal, y el derecho a la vida es algo más ético (o etéreo), y a veces nuestra sociedad pone el derecho a la vida por encima de cualquier otra cosa”. De ahí, asevera, la importancia de utilizar criterios científicos sobre el bienestar animal.

La representación de la biodiversidad

Según el Animal Welfare Institute (AWI), una de las organizaciones de bienestar animal más antiguas de Estados Unidos, los zoológicos y acuarios están diseñados para que los animales se vean con facilidad, no necesariamente para que estén cómodos.

En efecto, Grajal explica que, “aunque para representar la biodiversidad del planeta en un zoológico, la mayoría de las especies deberían ser gusanos e insectos, la razón por la que tenemos a delfines, tucanes o chimpancés es porque estos resultan más afines que un gusano, una oruga o un escarabajo”.

Sin embargo, se niega a dar la razón a quienes “critican fácilmente” la existencia de los animales silvestres en cautividad, porque, la mayoría de las veces, “no hacen estudios de comportamiento de animales” ni aportan “datos sólidos basados en ciencia”.

A este respecto, se muestra tajante: “No voy a cuestionar que en ciertos momentos algunos animales puedan tener estrés, pero como lo podemos tener los humanos. Pueden tener estrés por maternidad, alimento o contexto social, pero lo que estamos tratando de lograr aquí no es solo reducir la ansiedad de los animales en cautiverio sino ayudar a todo el planeta. Y por eso existen los zoológicos y acuarios”. Quienes no lo estén haciendo, sugiere, esos sí “deberían cerrar”.

Ciertamente, los animales con una cognición elevada como los delfines o los primates tienen una vida compleja, por lo que, además, este tipo de instalaciones requiere destinar muchos más recursos para mantenerlos. En el caso de los mamíferos marinos, los problemas éticos que plantea el cautiverio son notables, en especial para los cetáceos.

Ante la pregunta sobre si la existencia de los mamíferos marinos en cautividad es objetivamente peor, en lo que a bienestar se refiere, Xavier Manteca explica que “la vida y el entorno de estos animales es, sin duda, diferente”. Hay, a su juicio, una ambivalencia que él ejemplifica en la “ausencia de depredadores en un acuario” o en la provisión de cuidados veterinarios, “cosas que no ocurren en la naturaleza”.

A su juicio, los animales no solo no deberían sufrir sino que deberían experimentar “emociones positivas”. Hay centros que mantienen a los animales en buenas condiciones y “consiguen también transmitir eso al público”. No obstante, subraya que “garantizar el bienestar de un animal significa satisfacer sus necesidades biológicas, que son diferentes en cada especie”.

La cuestión que se impone es, entonces, si las labores de investigación o conservación justifican el hecho de tener animales encerrados en un recinto. En el alegato de Grajal, la respuesta es afirmativa: “La primera razón es que los animales no solo están en buenas condiciones, sino que, además, viven mucho más que los que están en la naturaleza. En segundo lugar, ellos son el vehículo emotivo, social y contextual para que la gente tome decisiones individuales y la  tercera razón se funda en que estamos teniendo importantes avances científicos en biología,  fisiología y en lo que refiere al comportamiento de estos seres vivos que antes no conocíamos”.

De no existir animales cautivos, los zoológicos no dispondrían, por ejemplo, de “la base de datos más grande del mundo sobre natalidad, mortalidad, ovulación o reproducción”, e incluso “avances revolucionarios respecto a los cánceres en animales”. Así, el director del zoo de Seattle sostiene que “esa información científica nos beneficia a todos, aparte de que las conexiones que se crean impulsan a mantener la conciencia sobre el medio ambiente”.

Por su parte, el profesor de Ciencia Animal apunta que “las instalaciones modernas que trabajan bien y tienen cetáceos en cautividad hacen una contribución fundamental a la conservación”.

En su opinión, “el conocimiento que se genera se aplica en los programas de conservación in situ, tanto si proviene de especies que están en peligro de extinción como de otras que no lo están pero que son similares en su biología”. A esto hay que añadir, indica, “el trabajo de educación y sensibilización de la opinión pública”.

¿Nuestra diversión es saber?

Quienes sostienen los espectáculos y la exhibición de animales suelen argumentar que las personas adquieren información importante al ver animales vivos, por lo que delfinarios y acuarios cumplen una función valiosa, además de la aportación en conservación.

Grajal entiende que los zoológicos y acuarios son destinos de entretenimiento para la mayoría de las personas, por lo que, “en líneas generales, nadie asiste a estos lugares para aprender”. Sin embargo, reconoce que los biólogos y gestores deben “catalizar” lo que en ellos sucede “para generar cambios de actitud”.

Un “entretenimiento con causa” puede tener unas consecuencias muy importantes para el planeta, “mucho más que el contenido educativo en el sentido más estricto de la palabra”.

En este marco, considera que la forma más efectiva de conectar y de que el público aprenda no es mediante la transmisión de contenidos técnicos, con un lenguaje árido, sino a través de "las emociones, el apego y las conexiones sociales” que se generan en estos centros.

“Es imposible ver un espectáculo de delfines sin quedarse maravillado por estos animales”, destaca. Y el vínculo es más cercano “con los animales que son taxonómicamente similares a los humanos”, afirma.

Un santuario en el porvenir

Pero ¿cuál es la percepción del público respecto al bienestar de los animales en cautiverio? Hay opiniones para todos los gustos. Según AWI, el hecho de ver a animales confinados puede dar al público una imagen falsa de su vida natural e insensibilizar a las personas frente al sufrimiento inherente a la privación de la libertad, pues estos suelen malvivir en recintos diminutos donde la vida carece de naturalidad.

Manteca pone en valor de que en los últimos años se haya avanzado de forma considerable: “La sociedad en general está mucho más sensibilizada e interesada sobre estos temas y, además, la concienciación sobre este asunto ha evolucionado bastante; hoy nadie duda de que el bienestar animal es una disciplina científica”.

Acerca de cómo serán, en el futuro, este tipo de recintos, si se transformarán en ‘santuarios’ o reservas, Grajal pronostica que solo sobrevivirán los zoológicos y acuarios que “logren entender la función de conservación, o la ruta emotiva, social y comportamental de la experiencia con animales vivos”, además de “financiar proyectos de conservación y activar a la ciudadanía”.

Por su parte, Manteca considera que “a un animal le importa poco” si el sitio en el que está se llama zoológico, acuario o santuario. Lo relevante es si el entorno “satisface sus necesidades de comportamiento o no, si tiene una buena alimentación o si hay cuidados veterinarios”.

El porvenir de cualquier animal en cautividad está depositado en “las instituciones que garanticen los estándares de bienestar animal, cualquiera que sea su denominación”, concluye.

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