Tutankamón sin vendajes, ni tópicos ni maldiciones

El centenario del hallazgo de la tumba del faraón más icónico ha insuflado actualidad al monarca sepultado hace 3.325 años. El aniversario justifica la edición de un nuevo libro sobre su vida y circunstancias. Su autora, la egiptóloga Joyce Tyldesley, desmonta los tópicos sobre la presunta insignificancia de su reinado y su supuesto asesinato

Tutankamón sin vendajes, ni tópicos ni maldiciones
Momia Tutankamón en el Valle de los Reyes (Egipto)./ Diego Delfo

Tiempo de lectura estimado: 8 minutos


Fuente: SINC
Derechos: Creative Commons.

El nombre de Tutankamón figura, junto con los de Alejandro Magno, Julio César, Cleopatra y Pericles, entre los primeros que nuestra memoria asocia automáticamente a la Antigüedad. Pero ¿qué méritos hizo para entrar el club VIP de las personalidades de antaño? ¿La maldición que perseguía a sus profanadores? ¿Las riquezas inauditas de su tumba? ¿Las hazañas de su reinado? Colocar al rey Tut en su justo sitio en la historia es el cometido que se ha fijado el actualizado libro firmado por una especialista, la profesora de Egiptología de Oxford, Joyce Tyldesley.

Con su diestro manejo de las evidencias disponibles y de las últimas pesquisas arqueológicas, en Tutankamón. Faraón. Icono. Enigma recrea el difícil contexto que le tocó vivir, así como la obra que comenzó y que su temprana muerte dejó inconclusa.

El libro se divide en dos partes. La primera, relativa a su vida, obra y entierro en el siglo XIV antes de Cristo. El segundo, a su sensacional reaparición en la era contemporánea, con el hallazgo de su tumba en 1923 en el Valle de los Reyes, Egipto.

Comencemos por su llegada al trono con ocho años de edad, en 1334 a. C., en una época convulsa. Su padre Akenatón —casado con otra celebrity de la egiptología, Nefertiti— había cancelado el panteón divino para entronizar a un único dios, Atón. No satisfecho con esto, trasladó la capital de Menfis a Amarna. Allí nació Tutankatón. Tutelado por el visir Ay, reinó diez años tras la muerte del ignoto Semenejkara. En ese lapso, anuló las medidas de su progenitor, repuso el politeísmo encabezado por Amón, el dios con cabeza de carnero, y cambió su nombre a Tutankamón.

Su revisionismo se tradujo en la restauración y mejora de los templos destrozados por el furor iconoclasta de Akenatón. Si hoy los turistas disfrutan de los complejos de Karnak y Luxor en buena parte es gracias a los desvelos de Tutankamón. Sabemos que ordenó algunas campañas militares de tipo más bien defensivo, pues Egipto se había debilitado y no estaba para grandes épicas. Aun así, era el monarca más poderoso del Mediterráneo oriental en la Edad de Bronce.

El examen de su momia nos informa que murió a los 18 o 19 años, medía 1,67 metros —por encima de la media de la época— y sufría malaria. No hay indicios de asesinato, como especularon algunos; los traumatismos óseos hablan más bien de un accidente, y la demora en momificarlo sugiere que este se produjo lejos del palacio (Tyldesley baraja un accidente de caza). El procedimiento de embalsamamiento es descrito minuciosamente —incluyendo curiosidades como el pene erecto, así dispuesto para garantizar al muerto una virilidad eterna—, sin pasar por alto su fractura chapucera.

Que su muerte fue inesperada lo confirma la pequeñez de su tumba. No tuvo tiempo de construirse un sepulcro conforme con su estatus, y por eso su sucesor Ay lo sepultó en la última morada de un dignatario menor, rodeado de obsequios tomados en “préstamo” de otros difuntos (tan estrecha era que los sepultureros dañaron el ataúd al meterlo).

Tyldesley cuenta que los saqueos eran tan sistemáticos que, hacia el siglo X a. C., los sacerdotes vaciaron todas las tumbas, enviaron sus ajuares a las arcas reales y enterraron las momias en Tebas. La de Tutankamón se salvó del vaciamiento y de los ladrones por la inundación que la cubrió bajo una gruesa capa de barro.

La defensa del patrimonio egipcio

Segundo momento: 17 de febrero de 1923. Ese día, el arqueólogo británico Howard Carter rompió el sello de su tumba acompañado de su mecenas Lord Carnavon, el dueño de la mansión de la serie Downton Abbey. En un país donde casi todos los enterramientos habían sido desvalijados, su tesoro compuesto por 5.398 objetos entró en los anales. Amplificó su repercusión la egiptomanía que se había apoderado de Occidente desde el siglo XVIII, cuando se conoció la antigüedad de la cultura egipcia, pues el eurocentrismo europeo pensaba que en la cuenca del Mediterráneo la civilización había nacido en Grecia. Y más notoriedad tuvo gracias a la maldición inventada por la prensa sensacionalista, pese a que en la tumba no había ninguna maldición grabada contra sus violadores.

Entre tanto, el nacionalismo egipcio, deseoso de construir una identidad nacional distinta de la árabe, encontró en el legado faraónico una gloriosa base de sustento. Asumiendo la defensa del patrimonio histórico, el gobierno local puso coto al expolio de los arqueólogos extranjeros, a la vez que explotaba el flujo turístico atraído por Tutankamón. Enseguida chocó con Carter, acostumbrado a no rendir cuentas a autoridad alguna, y el agrio rifirrafe acabó con la salida de este de Egipto.

El libro finaliza con una síntesis de los cuatro estudios efectuados a su momia y de las lagunas que restan por dilucidar. En resumen, una excelente puesta al día que amenizada con los puntos de vista de personajes secundarios: embalsamadores, ladrones de tumbas o arqueólogos olvidados. Unas pocas fotografías ilustran algunos de los objetos y personas citados en sus páginas, aunque afortunadamente en Internet se encuentran registros en abundancia e incluso tours virtuales.

Típico egipcio de su tiempo, Tutankamón ansiaba la inmortalidad. Sin duda, el lugar que adquirió en la posteridad eclipsa al de la mayoría de los 300 faraones que reinaron en el país del Nilo. Pero la Otra Vida a la que ha accedido no es probablemente la que imaginaba, exhibido en el Valle de los Reyes como un reclamo turístico ofrecido a las miradas de un desfile interminable de curiosos.

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